La cultura escrita

Roger Chartier analiza, a través de una entrevista, las principales transformaciones que han afectado la forma del libro o del objeto escrito, examina los cambios de la cultura escrita presentes en la actualidad. Sara Mateos, estudiante de la maestría en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana de Puebla, nos brinda una reseña clara y sencilla del capítulo «La cultura escrita en la perspectiva de larga duración» de Chartier.

Sara Paola Mateos Gutiérrez

El capítulo “La cultura escrita en la perspectiva de larga duración” del libro Cultura escrita, literatura e historia consiste en una entrevista realizada a Roger Chartier donde, a partir de la revisión de la historia del libro, la edición y la lectura, concluye que nuestra cultura es, en general, escrita, ya que cualquier práctica está mediada por un texto más o menos explícito: “me parece que la cultura de lo impreso ha impregnado la totalidad de las prácticas culturales, incluidas las que no son de lectura, como las rituales o las de las fiestas, e incluyendo a la población analfabeta o mal alfabetizada” (Chartier 44).

De entrada al panorama actual, Chartier afirma que es falsa la competencia entre textos (libros) e imágenes (cine o televisión), ya que ambos coexisten en los nuevos medios de comunicación. Su propuesta es historizar los conceptos, no considerarlos invariables. De igual forma, los discursos van cambiando en cada época, dependiendo quiénes sean sus agentes y productores. Hoy en día, por ejemplo, es el mundo editorial quien produce el discurso de la crisis del libro, que en el fondo esconde el debate entre el libro electrónico y el impreso en forma de pregunta, como si no fuera ya una realidad. En ese sentido, no debe confundirse la muerte de los libros (física) con la muerte del libro, según lo dicen ciertos medios. Los objetos y prácticas cambian de sentido cuando lo hacen también de contexto, actores y relaciones, como sucede con la publicación electrónica.

Una de las ideas centrales de la entrevista es precisar en qué consiste la crisis del libro. Hubo una, alrededor de 1890 en Francia debido a la sobreproducción de libros y a la insuficiencia de lectores. En la actualidad es posible ver una contradicción y constante tensión entre “el temor a la pérdida” y “el temor al exceso”. Por un lado, se intenta poner impreso todo el patrimonio al que se le concede valor y es susceptible de pérdida, mientras que, por el otro, frente a la acumulación se hace urgente la clasificación y selección del material para que no sea una masa multiforme.

El autor nos advierte, sin embargo, que la historia no debe ser estudiada como un hilo continuo separado por bloques y periodos. Los libros manuscritos, por ejemplo, perduraron hasta el siglo XVIII, aun cuando ya existía la imprenta, particularmente los relacionados a ciertos géneros como la poesía o los ligados a la secrecía. En los manuscritos, se creía, hay más control al saber quiénes son los lectores porque se fragua una comunidad entre el autor y el lector. Asimismo, se evita su corrupción con los yerros de la interpretación.

Para Chartier la historia del libro o de la lectura debe inscribirse en el marco de la historia de larga duración de la cultura escrita para captar sus expresiones y usos. En Oriente y Occidente esta historia corre por caminos distintos. En una región, por ejemplo, la técnica usual de impresión es la xilografía que se relaciona con la caligrafía, mientras que la otra recurre a la tipografía. No se trata sólo de dos técnicas distintas, sino de dos formas de escritura y cosmovisiones. Esta historia de larga duración no critica fenómenos aislados como puede ser, por ejemplo, la invención de la imprenta de Gutenberg, sino que analiza los cambios tanto inmediatos como a largo plazo. La imprenta, vista en el tiempo, abrió dos mundos con jerarquías y funciones propias: el de lo impreso y el de lo escrito. Basta decir que el texto impreso no se borra, a menos que se destruya, y no se puede desdecir tan fácilmente como en la oralidad.

En este estudio tampoco deben dejarse de lado las revoluciones, es decir, las grandes transformaciones en las técnicas de reproducción, formas del libro e historia de las prácticas de lectura. Las prácticas culturales no se derivan exactamente de las transformaciones técnicas, pero sí están condicionadas por estas. En Occidente, es posible advertir un gran cambio de la lectura sagrada a la lectura de comprensión, de un “modelo monástico de escritura” a un “modelo escolástico de lectura” (52). La transmisión se relaciona con los objetos en los que se transmiten porque las formas materiales también participan en el proceso de producción de sentido.

La cultura escrita, según explica Chartier, ha sido estudiada desde tres enfoques: Teoría de la recepción, Reader’s response theory y New historicism. De esta última recupera la noción de “negociación” del texto con los discursos o prácticas sociales:

«el texto siempre juega, desplaza y reformula estos discursos o prácticas del mundo social, además de que activa las condiciones de inteligibilidad, tanto para los lectores como para los espectadores o los oyentes, que entienden el texto en relación con estas prácticas y estos discursos compartidos sin dejar de percibir la distancia, la diferencia, el desplazamiento literario» (37).

Sin dejar de reconocer el aporte de los tres enfoques, Chartier hace un llamado para eliminar lo que hay de abstracto en la teoría. Leer un texto no sólo es encontrarse con un sentido semántico, sino con una materialidad, con una forma de transmisión. También debe evitarse la abstracción del lector, como si de un sujeto trascendental se tratara. Cada uno se acerca al texto con sus propias capacidades de lectura, normas, reglas, convenciones y códigos de lectura de la comunidad a la que pertenece. La figura del lector, entendida socio culturalmente, adquiere así más profundidad: “debe tomarse en consideración la materialidad del texto y la corporeidad del lector, pero no sólo como una corporeidad física (porque leer es hacer gestos) sino también como una corporeidad social y culturalmente construida” (39).

Sería imposible analizar cada práctica de lectura, por cuanto son innumerables, así que el autor recomienda constituir modelos de lectura en una comunidad de interpretación, ubicarlas limitaciones y restricciones que la condicionan y considerar siempre que el proceso de producción de sentido consiste en red compleja entre varios actores. La historia de la cultura escrita debe retomar tanto el texto en su materialidad como las lecturas que de él se hacen. En suma, texto, objeto y prácticas culturales convergen.

La historia de la cultura muestra que existe tanto “el poder de la escritura”como“el poder sobre la escritura”. En el primer caso lo escrito funciona como una forma de imposición de la autoridad, al representar simbólicamente el poder. En el segundo, las competencias, formas de enseñanza y usos legítimos de lo escrito han ido mutando. La noción de biblioteca, por ejemplo, ya no se refiere únicamente a un lugar o colección de libros,ahora también es la “figura de la universal disponibilidad del patrimonio escrito gracias a las redes electrónicas” (32).

Por último, Chartier asocia la historia de la cultura impresa a la del mundo editorial. El nacimiento formal del editor como una profesión autónoma data del año1830 en Francia. A partir de ese momento se reconocen tres modos de edición en la historia: “lectura en voz alta de un texto nuevo”, libro impreso bajo la coordinación del“editor-librero” y la publicación gestionada por el “editor moderno”, más alejado de las connotaciones técnicas y comerciales de su predecesor. Del empresario conquistador a la sociedad anónima, el editor participa en la elección del texto, del formato y del mercado. En los últimos años no sólo se habla de los derechos del autor, también de los del editor.

A partir de este recorrido es posible concluir que Chartier explora varias aristas de lo que hoy se conoce como “cultura escrita” y que se vuelve una red tanto más compleja conforme ampliamos el rango de visión del campo.

Referencia

Roger Chartier. “La cultura escrita en la perspectiva de larga duración”. Cultura escrita, literatura e historia. 2ª edición. Ciudad de México: FCE, 2000, pp. 19-74.

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