Migrantes colombianos en la literatura

El presente ensayo es una aproximación hacia la migración de escritores colombianos y las novelas que han sido el resultado de estos viajes forzados a otros destinos, a otras tierras. Sin duda las travesías que son descritas aquí, trascienden la realidad tangible hasta las letras.

Daalbeve

Más del diez por ciento de la población colombiana vive hoy fuera de su país, lo que equivaldría, en caso de juntarse en un lugar, a la segunda ciudad (virtual) más grande de Colombia después de Bogotá. Este éxodo se da por razones como la búsqueda de oportunidades laborales debido a la demanda de fuerza de trabajo poco calificada en países desarrollados, reunificación familiar, mejora en la calidad de vida, estudio y, sobre todo, por la exacerbación de la guerra en el transcurso del siglo xx (delincuencia común, paramilitarismo, guerrillas, narcotráfico, etc.). La literatura colombiana puso su atención en el asunto de sus nacionales exiliados en el exterior y produjo una considerable cantidad de obras de todo tipo y de variada calidad.

El presente trabajo es un inventario, a manera de abrebocas, de algunas novelas colombianas (seleccionadas a criterio del autor, por gusto personal o por cierta resonancia que han tenido dentro y fuera del país) que tratan el tema del migrante nacional hacia alguno de estos tres destinos.  

Los libros que se escribieron al respecto (aún se siguen escribiendo, ahora con nuevas motivaciones) en su mayoría tienen como destino de los personajes Estados Unidos, seguido de Europa y, en menor cantidad, países de Latinoamérica. Los que migran a Estados Unidos son personajes marginales, de clase media-baja, que se van en busca de dinero para luego enviar a sus familiares en Colombia. Los que se van a Europa, por lo general, son intelectuales, de clase media-alta, sin problemas de dinero, no marginados socialmente en su lugar de origen ni en el de llegada, que salen de su país a escribir su obra, a pintar, a realizar actividades relacionadas con la cultura o la política. Los que se desplazan a países latinoamericanos habitualmente lo hacen por motivos de estudio (becas) o a conocer lugares que no les implique tener choques fuertes con culturas tan distintas a las propias.

Primer destino: Estados Unidos

En Paraíso travel de Jorge Franco, lo que busca Marlon, el protagonista, es huir, escapar de Colombia, olvidar su cultura, empezar de cero en un lugar lejano, ir por el “sueño americano”, encontrar el paraíso. No hay otra opción. “Colombia lo va dejando a uno sin argumentos” (38). Pero ese paraíso se invierte, convirtiéndose en el infierno. Yéndose abajo esa vida en la que se visualizó, feliz, “en un apartamento blanco con vista al río y a la Estatua de la Libertad, en un piso alto con terracita que tiene un jardín chiquito y dos sillas para sentarse a mirar el atardecer en Nueva York” (32). En esa ciudad, junto con Rosa, compañera de travesía, se siente ajeno, extraviado, estigmatizado por su nacionalidad, sintiendo que la bestia se lo traga, debatiéndose entre la sumisión o regresar a su tierra sin nada, con el fracaso. Con el tiempo, para sobrevivir, consigue trabajos degradantes, humillantes, sirviéndoles a otros, por un miserable sueldo, convirtiéndose casi que en un indigente. “Cuando la gente sale de su país se convierte en la caricatura de los que se quedan” (149), dice uno de los personajes de esta novela que, aunque es una historia de ficción, no está muy lejos de la realidad; es más: la retrata de manera patente.

En la misma línea de la novela de Franco está Hot sur de Laura Restrepo, donde las mujeres son las protagonistas que van en busca del “sueño americano”. Con la esperanza de regreso y de opulencia abandonan a sus hijos que son criados por sus abuelos y familiares. Ellas, como cualquier inmigrante indocumentado, son vistas como plaga, como basura, y tienen que someterse a trabajos inhumanos para recoger dinero y poder regresar a Colombia, de donde nunca debieron salir. 

Como muchas otras novelas, Open the window para que la mosca fly de Jaime Espinal aborda el tema del “sueño americano”, tan común, tan manido, tan trillado en la literatura de Colombia sobre migración. Sin embargo, este libro es distinto. Más que contar una verdad, más que apegarse a la realidad, en contraste con la solemnidad de buena parte de la literatura colombiana, en esta obra Espinal se ríe, se burla del colombiano ingenuo que se marcha de su patria convencido de que regresará con los bolsillos llenos y la vida resuelta para resolver de paso la de su familia, amigos y conocidos. El protagonista de esta comedia delirante e hilarante sobre los hispanos en Estados Unidos es un muchacho que de día es administrador de empresas y de noche superhéroe, quien comienza diciendo:

Yo estaba feliz con mi vida americana, viviendo a plenitud el famoso sueño americano, yendo de la casa pa’l trabajo, del trabajo pa’ la casa a mirar la tele, comiendo hamburguesa y pizza, engordando como un cerdo y comprando cosas porque pa’ eso trabajaba… ¡feliz! […] La felicidad me duró dos días. Corté el cable de la tele. Aprendí a cocinar a punta de intentos. Saqué “Hurí”, “Cachipay” y “Sin medir distancias” en la dulzaina. Fui a clases de portugués los martes y a francés los miércoles. Jugué fútbol los viernes. Tomé vino los domingos todo el día. Y salí a caminar. […] El caso es que andaba preocupado: de no hacer algo pronto, empezaría a encarnar yo mismo al gringo promedio y degeneraría como es natural en un adicto al trabajo, adicto al TV, adicto a las normas y pensando que ganamos la guerra de Vietnam. (Espinal 70-72)

Luego de convertirse en superhéroe americano, con el tiempo se transforma en un americano promedio, hasta que cansado de esa vida intenta convencerse de regresar a Colombia, diciéndose y respondiéndose: “Te vas a perder la oportunidad del sueño americano. Cuál, si ya lo soñé todo un año y la verdad, el sueño americano es el sueño tan hijueputa que le da a uno todo el tiempo de tanto trabajar y trabajar y trabajar, y quebrarse el culo” (127).

La migración de colombianos a Estados Unidos también está presente en obras como La celda sumergida de Julio Paredes (que narra la historia de un arquitecto que regresa a Colombia luego de vivir en Nueva York, no porque necesite volver, no porque quiera, sino para olvidar su historia de amor) o La luz difícil de Tomás González (que muestra una forma de migración diferente: el personaje-narrador no huye de Colombia, tampoco es expulsado ni va en busca del “sueño americano”, simplemente decide irse a Estados Unidos con su familia para tener una vida más tranquila, sin embargo esta vida añorada dura poco, hasta que su hijo tiene un accidente de tránsito que lo deja parapléjico).

Para cerrar el tema de literatura colombiana sobre migración a Estados Unidos es necesario referenciar Luna latina en Manhattan de Jaime Manrique porque, primero, su autor ha vivido gran parte de su vida en Estados Unidos y, segundo, porque escribió la novela en inglés. Luna latina… cuenta la historia de un intelectual y escritor colombiano que lleva viviendo dieciocho años en Nueva York y que si bien se siente americano no deja nunca de ser un latino en Estados Unidos, o lo que es peor: un colombiano. Este migrante, sin nostalgia de patria, describe a los latinos en Queens, donde las mujeres no salen de la cocina, los muchachos viven en la calle, donde abunda la pobreza, la droga, la ilegalidad, el narcotráfico.

Segundo destino: Europa

En cuanto a las obras que tratan acerca de la migración de colombianos a Europa, estas tienen características bien distintas a las antes referenciadas. Quien migra a este territorio por lo general no lo hace por problemas de dinero, ni huyéndole a la guerra, ni buscando enriquecerse para regresar al país a vivir una vida de lujos. Casi siempre la razón está estrechamente relacionada con temas culturales, intelectuales y existenciales.

En el caso de Zanahorias voladoras de Antonio Ungar el motivo es existencial. El protagonista de la novela, un colombiano aficionado a la escritura y al alcohol, decide ir vagando de ciudad en ciudad (Barcelona, Roma, Berlín, París…), siempre con el recuerdo de la muerte de su padre, que carga desde la infancia y que poco a poco, entre viajes, desertando de las ciudades y los recuerdos, de Colombia, divagando, lo va sumergiendo en el infierno.

Por otro lado, en El síndrome de Ulises de Santiago Gamboa, Esteban, el protagonista, aunque en apariencia pueda parecerse a los personajes que van en busca del “sueño americano” por eso de que comienza lavando platos en un restaurante de París, nada tiene que ver con ellos, pues su objetivo no es acumular dinero para luego regresar, sino mantenerse mientras consigue empleo como periodista y se consolida como escritor. Metas que logra. En este caso no hay un deseo por parte de Esteban de escapar, no existe una ruptura con sus raíces, no hay ambición económica, su interés desde el principio es intelectual.

Entre el camino de El síndrome de Ulises (en cuanto a que el interés del personaje que migra es intelectual) y Zanahorias Voladoras (que es existencial) está Individuo errante de Freddy Téllez, novela que narra el viaje de un colombiano por Europa, que se exilia de manera voluntaria pues Colombia no le basta para encontrarse. Su viaje no es de turista. Su propósito es conocer las ciudades en profundidad (trabajando, aprendiendo idiomas, etc.). En su trasegar por Europa descubre que su razón en la vida es escribir, que escribiendo se siente como en casa, y a eso se dedica, como sustituto de la patria que nunca tuvo.

En El buen salvaje de Eduardo Caballero Calderón los motivos para migrar son netamente intelectuales. En este caso el protagonista es un joven colombiano que sobrevive en París a la vez que escribe, según él, gracias a una beca, una obra maestra. Esta novela es el antecedente de otras como La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique y Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Para más datos, el estudiante de esta comedia jamás escribe la novela. El lector, por su parte, pasa hojas y hojas esperando que la escriba, pero antes de que eso suceda Caballero Calderón termina la suya.

Tercer destino: Latinoamérica

En el caso de la literatura de migrantes colombianos a países latinoamericanos, las novelas de Fernando Vallejo son un buen ejemplo, pues Fernando, personaje-narrador de todas siempre está huyendo de Colombia. “Al amanecer me marché para siempre de esa casa. Y de Medellín y de Antioquia y de Colombia y de esta vida […] Colombia es un país afortunado. Tiene un escritor único. Uno que escribe muerto” (Vallejo, Desbarrancadero 185). Se va pues de su país para escapársele a la violencia (la de todos los días, la de los sicarios, la bipartidista, la violencia genética de la raza colombiana). Se va para, además, no sentirse nunca más colombiano, para dejar de ser colombiano por lo menos en público, para que lo respeten como se respeta en cualquier parte del mundo a un europeo. “Al viejo iluso y tonto no lo dejaron pasar de una sala a otra del aeropuerto a tomar el avión. –¿Por qué? –preguntó. –Por colombiano –le contestaron–. O sea por ladrón, atracador, secuestrador, narcotraficante y asesino” (Vallejo, Rambla 11). Y ya instalado en México, “Sólo le veía virtudes al llegar, los años después se encargarían de hacerme ver sólo defectos […] Éste es un país irresponsable, educado en la mentira lambiscona de un partido abyecto. Pero Colombia es peor, eso sí, mea culpa” (Vallejo, Fantasmas 11). Y lejos, Colombia lo sigue persiguiendo en los recuerdos de su niñez, cuando en un puesto de periódicos ve las historietas del Llanero Solitario y Supermán que le alegraron la infancia:

Sopló una ráfaga de felicidad y el día se hizo más claro y luminoso y recuerdo que recordé a Medellín y mi viejo barrio de Boston por cuyas calles en pendiente iban los niños, íbamos, cambiando historietas y fumando marihuana. Aspiré su humo inefable y volví a ese otro espejismo mañanero y por un instante, tan lejano en el espacio como en el tiempo, torné a ser niño y fui feliz. A México le debo por lo menos ese primer instante de felicidad: aunque no mía, de un niño, de otro, el que fui, lejana, ajena. Ahora entiendo por qué mis cuarenta años que siguen en este país están vacíos, muertos, no cuentan: porque poquito a poco, pasito a paso había dejado de vivir en el presente para vivir en el pasado, y mientras más pasado ese pasado y más lejano, más espléndido. Lo que llaman felicidad, ahora lo sé, no existe: es un espejismo del recuerdo. En cuanto a mi felicidad, la mía, la encuentro en mi niñez, pero desde aquí y ahora, no allá ni entonces. (Vallejo, Fantasmas10-11)

Fernando, el personaje-narrador de las novelas de Vallejo, en México puede hacer lo que Colombia no le permitió: vivir sin la zozobra de que en cualquier momento lo mate un sicario, escribir sus libros lejos de la envidia de sus compatriotas, filmar las películas sobre le violencia entre liberales y conservadores que su patria no quiso patrocinarle… Sus libros, por tanto, componen una obra de desarraigo, de destierro, de exilio, de huida, donde siempre el personaje está yéndose pero a la vez regresando a la tierra que tanto odia y ama tanto.

Con estos hijos de puta, sus hijos, me recibía Colombia. Colombia la irredenta que cambiaba y no cambiaba, que se transformaba pero que seguía igual. Los países somos como los cristianos, aferrados a nosotros mismos no cambiamos, y nos arrastra hacia el hueco, de culos, el ancestro. Pobre Colombia, mi Colombia. Y aquí sigo en este carromato bajando de curva en curva a Medellín, cargando con mi pasado siempre presente. ¿Cuánto lleva la humanidad creyendo que se puede regresar? ¿Desde Ulises? Es un viejo y necio error, no se puede regresar. Uno regresa en el espacio pero no en el tiempo. Y el que regresa es otro. (Vallejo, Fantasmas 113)

También se migra a países latinoamericanos por motivos que nada tienen que ver con la violencia, con el exilio político o el odio al propio país, como es el caso de Aura o las violetas de José María Vargas Vila, que cuenta la historia de amor entre un personaje sin nombre y Aura, quienes prometen amarse hasta la eternidad. Más allá de las escenas románticas, las promesas, las flores y el llanto, lo que verdaderamente interesa de la historia es el quiebre: cuando el joven decide irse a Argentina a estudiar. Aunque le cuesta adaptarse a una vida en una urbe tan grande e imponente como Buenos Aires y nunca deja de sentirse un extraño, logra concluir sus estudios. Al regresar, Aura está a punto de casarse por conveniencia con un hombre millonario.

Terminado este inventario, vale decir que en Colombia se ha escrito y se siguen escribiendo grandes cantidades de libros sobre el exilio, la migración, el desplazamiento, el desarraigo, el destierro, pues a que se vayan, se larguen, huyan las personas, obligan los malos gobiernos, la falta de oportunidades, la pobreza, la miseria, la violencia, y son estas realidades, entre otras, de las que se nutre la literatura. Asimismo, como lo vimos en el apartado concerniente a la migración a Europa, no siempre se huye del país, sino que se viaja, se recorren otros lugares en el extranjero, ya sea por placer o por asuntos culturales, intelectuales o existenciales. Vale decir además que migrar no es irse del territorio propio y acostumbrarse y acoplarse a la vida de donde se llega. Migrar es, sobre todo, cargar con el peso de los recuerdos, con la nostalgia, de Colombia en este caso: país que no deja ir, que no suelta, que persigue recordándole al que ya no está, al que se fue, al que expulsaron, al que obligaron a no estar, al que es mal mirado y mal tratado fuera, lejos, en cualquier lugar de América, de Europa, de donde sea, que siempre se es extranjero en otro lugar.

Bibliografía

Caballero Calderón, Eduardo. El buen salvaje. Bogotá, Editorial El Viento, 2005.

Espinal, Jaime. Open the window para que la mosca fly. Medellín, Cámara de Comercio de Medellín, 2005.

Franco, Jorge. Paraíso Travel. Bogotá, Seix Barral, 2001.

Gamboa, Santiago. El síndrome de Ulises. Bogotá, Planeta, 2005.

Giraldo, Luz Mary. “Narradores colombianos y escrituras del desplazamiento. Indicios y pertinencias en una historia social de la literatura”. Revista Iberoamericana. Bogotá, 2008, vol. LXXXIV, n. 223, 423-439.

González, Tomás. La luz difícil. Bogotá, Alfaguara, 2011.

Restrepo, Laura. Hot sur. Bogotá, Planeta, 2013.

Manrique, Jaime. Luna latina en Manhattan. Bogotá, Alfaguara, 2003.

Paredes, Julio. La celda sumergida. Bogotá, Alfaguara, 2003.

Téllez, Freddy. Individuo errante. Bogotá, Sílaba Editores, 2017.

Ungar, Antonio. Zanahorias voladoras. Bogotá, Alfaguara, 2004.

Vallejo, Fernando. Entre fantasmas. Bogotá, Lectulandia, 1993. www.lectulandia.com 03/02/2020

_________________. La Rambla paralela. Bogotá, Alfaguara, 2002.

_________________. El desbarrancadero. Bogotá, Alfaguara, 2017.

Vargas Vila, José María. Aura o las violetas. Bogotá, Editorial Periódico Hispanoamérica, 2000.

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